Este sábado fuimos a Cártama para ver a la Virgen de los Remedios. Vamos de vez en cuando, menos de lo que debiéramos. La ermita que guarda la imagen se encuentra en lo alto de una montaña, para llegar hasta allí hay que subir por un caminito empedredado, que zigzaguea por una de las laderas de la colina, con una pendiente considerable. Por el camino siempre te cruzas con más gente, que suben o bajan, algunos van descalzos (cumpliendo alguna promesa), otros le llevan flores; algunas veces personas solitarias y otras veces familias enteras. El simple hecho de subir, y poder contemplar todo desde la altura es ya una gran experiencia; el aire es fresco y puro, y en el horizonte sólo hay pequeñas casitas de cal blanca enclavadas en un valle verde. Todo es sencillo y bello.
Una vez dentro de la ermita, siempre nos sentamos con mucho respeto y guardamos silencio en alguno de los bancos. En ese momento pasan muchas cosas por mi cabeza. Hay tantas cosas que quiero agradecerle, pero también por tantas personas que quiero que siga velando, que no sé exactamente como empezar. Y al final, llego a la conclusión, que no hace falta decirle nada. Ella sabrá leer, entre líneas, en mi corazón.
Este fin de semana el altar, a los pies de la imagen, estaba inundado de flores. Todo el mundo parecía hubiera competido por traerle las más hermosas. Allí sentados pudimos ver como una niña pequeña, que venía con su madre, traía un bonito ramo de florecillas violetas, que sin duda había recogido por el camino. Aquella escena era una auténtica ternura; sin duda un regalo para mis ojos.
En las paredes de la ermita hay unos paneles donde la gente coloca sus fotografías y la de sus seres queridos para que la Virgen guarde por ellos. No hay ni un centimetro no cubierto. Además de eso te encuentras todo tipo de cosas: mechones de cabellos, baberitos de recién nacidos, fotocopias de carnets de conducir, etc. Es increible cómo la gente del lugar confía y cree en ella.
Luego, antes de salir, siempre compramos unas velas, y las encedemos en un pequeño altar que hay a la entrada, y entonces emprendemos el descenso de vuelta. Ya en las callejuelas del pueblo, yo, un ratón de ciudad, pienso en lo diferente que es la vida en los pueblos.
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Autor: Javi Moya |






